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Capítulo 14: Apocalipsis

Akira Akasaki salió de la habitación imaginando la conversación que tendría con el primer ministro una hora después. Llegado a recepción, una azafata le salió al paso; estaba tomando nota de los huéspedes en una lista. Tras facilitarle los suyos, esta le dio las gracias y añadió:

—Nos alegramos mucho de que se encuentre usted bien.

«¿Cuánto se estará repitiendo esta misma frase?», se preguntó. En su caso, era la primera vez. «Es pronto para sacar conclusiones», se dijo confiando aún en recibir alguna otra llamada.

Iba pensando en ello cuando dejó el hotel con intención de dirigirse a la Casa del Parlamento. Decidió ir caminando; tenía tiempo, y prefería no quedarse esperando. Mientras recorría Binara Street, comprobó que, en Canberra, la vida seguía su curso en aparente normalidad. Sin duda, una de las grandes cuestiones en torno a «El Incidente»: ¿por qué Australia era una excepción?

Precisamente, más adelante, atravesando el Commonwealth Park, una gran cantidad de personas escuchaba la respuesta de un predicador a esa pregunta. Comparaba «El Incidente» con el Diluvio, un castigo divino ante la iniquidad del mundo, aunque Dios, en su misericordia, se había apiadado del país para dar la última oportunidad de arrepentimiento a la humanidad antes del Juicio Final.

«Ojalá fuera tan sencillo», y siguió andando, centrado ya solo en sus propios pensamientos.