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Capítulo 9: En las calles

La prisión, incendiada, había quedado atrás. Los cinco miembros de la Hermandad Aria, vestidos de guardias, recorrían ahora a pie la zona residencial de clase media-alta situada a dieciséis kilómetros de San Quentin; la carretera estaba colapsada por accidentes y se habían visto forzados a abandonar el vehículo que habían sustraído en la penitenciaría. El contratiempo los había enfurecido, pero viendo la cantidad de muertos que había por todos lados, se habían calmado un poco, sobre todo cuando Dahmer concluyó que, en estas circunstancias, nadie se molestaría en perseguirlos.

—Muchas tumbas que cavar —había dicho— y pocas manos para hacerlo.

Sin embargo, Cole, aunque intentaba disimularlo, estaba muy nervioso ya desde que habían salido de la cárcel. Todos lo estaban, pero él mucho más que el resto, demasiado.

—Si aparece alguien, vas a delatarnos —le dijo Dahmer—. ¿Quieres tranquilizarte? Somos guardias, no fugitivos. ¡Métetelo en la cabeza o acabarás perdiéndola!

Comprendió que aquello era una advertencia, y debía tomársela muy en serio; los hombres con quienes estaba, mataban u ordenaban hacerlo con la misma facilidad que respiraban. Pero no resultaba tan sencillo: ellos solo pensaban en escapar; él, en cambio, tenía una misión y no sabía hasta qué punto la estaba cumpliendo en estos momentos. No estaba previsto que nada de esto sucediera, dudaba acerca de qué manera era mejor actuar, y cada instante que pasaba, su indecisión se acrecentaba.

No obstante, eso cambió cuando una joven afroamericana, de unos veinte años, salió de una de las casas. Se dirigía hacia ellos. No sabía quiénes eran en realidad, pero él sí, por eso no se extrañó cuando se miraron unos a otros sonriendo de una manera que evidenciaba lo que iba a ocurrir. Ante aquella visión, a Dahmer dejó de importarle cómo se comportara Cole.

—¡Qué monita más guapa tenemos aquí! —dijo al tenerla cerca, separándole el escote de la blusa.

—¿Qué está haciendo? —La mujer se asustó, y con motivo: todos ellos tenían un largo historial de delitos muy graves, y el de agresión sexual no era una excepción.

—Disfrutar del fin del mundo —le respondió como si fuera obvio.

Los otros se rieron y comenzaron a tocarla. Cole, entonces, dejó de dudar; le puso el arma en el cuello a Dahmer y se identificó como lo que realmente era.

—¡FBI! ¡Tirad las armas! —y dirigiéndose a la chica, añadió—: ¡Corre!