Ir al contenido principal

Capítulo 12: Punto de reunión

El teniente del ejército Miguel Hernández recorría la ciudad ya más por inercia que por esperanza. Se había alejado del Hospital Abente y Lago en busca de más supervivientes, entre ellos su mujer, Lucía. Había ido a todos los lugares donde pensaba que podría encontrarla, pero no aparecía, y todo lo que había visto a su paso, había ido minando su ánimo: siniestros, incendios, explosiones, escombros... y nadie más vivo ante aquella muerte extraña, súbita, que había llegado sin previo aviso, nunca antes con tanto sigilo, magnitud y dureza.

Ante ella, habían caído sus compañeros de la Delegación de Defensa de A Coruña, también de los otros cuarteles de la Ciudad Vieja, y suponía que por la misma causa nadie respondía ni en las delegaciones superiores de la Comunidad Autónoma ni en las del Estado. Y las calles... se habían convertido en cementerios sin tumbas. La única explicación a la que encontraba sentido es que se hubiera producido un ataque químico o biológico masivo, pero de ser así, ¿cómo y por qué a tan gran escala?

«¿Y por qué yo he sobrevivido?». Esa pregunta le hizo acordarse del hospital, donde la doctora Marta García —así creía recordar que se llamaba— había quedado a cargo del cuidado de una niña y un hombre herido.

—Rastrearé tantas zonas como hoy me sea posible —le había dicho—. Regresaré antes del anochecer. No se muevan de aquí.

Y lo cierto es que el sol estaba perdiendo ya toda su fuerza, al igual que él, así que, aunque le costó tomar la decisión, dio la vuelta para cumplir su palabra.