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Capítulo 10: Teorías

Akira Akasaki, reciente Premio Nobel de Física, acababa de ver la comparecencia en directo del primer ministro de Australia en su habitación del hotel Crowne Plaza Canberra, no muy lejos de la Casa del Parlamento y próximo al Centro Nacional de Convenciones, donde el día anterior había intervenido en una conferencia acerca del futuro de la ciencia. Había hablado de multitud de avances posibles, y en cambio, en cuestión de horas, se habían vuelto irrealizables. «Es previsible que la humanidad sufra una involución sin precedentes», había dicho Gillard. Estaba en lo cierto.

A continuación, hizo varias llamadas a familiares, amigos y colegas en su país, Japón, pero aunque el teléfono daba señal, ninguno había descolgado. Intentó comunicarse por otros medios con mismo desenlace. Sabía lo que eso podía significar, pero debía dar tiempo a otras posibilidades. Luego, marcó otro número. Comunicando. En este caso, era previsible.

Mientras esperaba recibir alguna noticia de vuelta, consultó la actualidad en las redes sociales. Algunas estaban ya caídas, pero en las que seguían online se notaba el efecto de «El Incidente», tanto por el reducido número de personas que comentaban como por el tema sobre el que lo hacían: algunos teorizaban acerca de explicaciones científicas como una llamarada solar, una causa-efecto entre universos paralelos, una realidad cuántica alternativa e incluso una influencia de rayos gamma o de la materia oscura; otros aseguraban que era el fin del mundo y anunciaban la inminente venida de sus respectivos mesías.

En la pantalla apareció una llamada entrante, seguramente en respuesta a la que él había realizado minutos antes. Contestó.

—Kora... Tengo que reunirme con el primer ministro. Es muy urgente.