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Capítulo 7: Primer encuentro

César Durán entreabrió los ojos con dificultad. Por un instante, no recordaba ni dónde estaba ni lo que había pasado, pero fue solo durante un instante. El aire era irrespirable. Humo negro. Tosió.

Intentó incorporarse. Dolor en el cuerpo, mucho dolor sobre todo en el pecho y en la frente. Sintió la tentación de continuar tumbado. Otra explosión. «Tengo que moverme, no puedo quedarme aquí».

Los brazos le pesaban. Apoyó las manos y elevó la vista. La Terminal de Carbón había desaparecido; en su lugar, estaba el avión, convertido en un amasijo informe destrozado. Giró el rostro y reconoció la cantidad masiva de accidentes de tráfico, junto a los que ahora había restos de fuselaje. Confió en que, de un momento a otro, apareciera alguien, alguien en situación real de prestar auxilio; pero nadie se movía, ningún servicio de emergencias había acudido.

Se levantó con dificultad. Tocó con los dedos un líquido espeso que le entorpecía la visión; era sangre, suya. Dio los primeros pasos con lentitud. Sintió nauseas, mareo y pérdida de percepción: los sonidos eran vagos, difusos; las imágenes disminuían en nitidez; no sentía su cuerpo, le abandonaba. Se tambaleaba, a punto estaba de perder la consciencia. «No puedo desmayarme, no todavía».

Su mirada se condujo entonces hacia la carretera que llevaba al Hospital Abente y Lago. «Debo llegar hasta allí». Nunca antes le había costado tanto recorrer aquella distancia, ni jamás hubiera imaginado que algún día lo haría en estas condiciones; allá a donde miraba, solo encontraba más humo, muerte y desolación.

Dobló la esquina frente al Jardín de San Carlos. En la entrada del hospital, estaba una doctora; a su lado, una niña y un militar.