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Capítulo 5: Libres

San Quentin, una de las cárceles más peligrosas del mundo, estaba inusualmente desprotegida. No había acudido ni un solo guardia cuando se desplomaron de improviso la mayoría de los reclusos, ni cuando a la orden del líder de la banda aria, los otros cuatro miembros de mayor jerarquía de la Hermandad comenzaron a golpear la puerta de acceso al módulo del ala oeste, y ni siquiera ahora que estaban a punto de derribarla; ignoraban por qué, pero era una oportunidad que no iban a desaprovechar. La puerta cedió. Los funcionarios de la penitenciaría estaban en el suelo, inmóviles.

—También, todos muertos —indicó uno de los presos tras comprobarlo.

—Coged sus uniformes y ponedles los nuestros —dijo Dahmer, y los demás obedecieron, tal como estaban acostumbrados a hacer, obviando por completo la voz de otro interno que, desde su celda, pedía que lo liberaran—. A partir de ahora, somos guardias de la prisión. ¿Queda claro?

Avanzaron por el pasillo, a través de aquel inesperado corredor de la muerte, en el que muy pocos seguían con vida. Esta vez, lo que había marcado el fin en San Quentin no había sido ni un asesinato ni la horca, ni gas, inyección, silla eléctrica o fusilamiento, sino algo mucho más silencioso, ignoto y letal, algo que fuera lo que fuese, les permitía volver a las calles, armados y sin oposición. Antes de salir, Dahmer arrojó un Zippo encendido allí donde el fuego haría el resto.

—Si nos preguntan, hubo un motín. No pudimos controlarlo.