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Capítulo 4: Australia

Edmund Gillard, primer ministro de Australia, avanzaba con paso apurado entre su equipo de seguridad y los numerosos periodistas ya congregados en Capital Hill, ante la Casa del Parlamento. En la entrada del edificio, sosteniendo la puerta abierta, estaba la ministra Kora Kelly, su asistente para el Servicio Público.

—Dime que no es tan grave —le pidió adentrándose con ella en el vestíbulo.

La ministra apretó los labios antes de contestar:

—Ojalá pudiera...

Siguieron acortando la distancia hasta la sala donde les esperaban el gobernador general, John Bryce; el viceprimer ministro; los ministros de Defensa y Asuntos Exteriores; y los comandantes de la Armada, Fuerza Aérea y el Ejército de Tierra.

—¿Qué sabemos? —preguntó, sin dilación, Gillard.

—Seguimos sin comunicación con Reino Unido —comentó el gobernador y, dirigiendo la mirada a los ministros de Defensa y Asuntos Exteriores, añadió—: y es muy posible que no la tengamos.

En ese momento, en la pantalla de la sala aparecieron imágenes de Londres, en llamas. Acto seguido, de Washington, Moscú, Pekín, Bruselas, Berlín...

—Es global —afirmó el responsable de Asuntos Exteriores—; ningún gobierno salvo el nuestro parece haber sobrevivido a...

Se hizo el silencio. Lo que debían explicar a continuación a su dirigente, no era fácil de pronunciar.

—«El Incidente» —tomó la palabra Kora Kelly—, es como lo está llamando la prensa nacional y se está replicando en las redes sociales que aún siguen operativas.

—Nuestro país apenas se ha visto afectado —continuó el comandante de la Fuerza Aérea—, pero los datos provisionales indican que más del noventa y nueve por cien de la población mundial ha muerto de repente por causas desconocidas.

—¿Cómo es posible?

La pregunta del primer ministro quedó sin contestación, suspendida en el aire, a la espera de respuesta.