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Capítulo 2: El Incidente

Esa tarde, habían hecho un descubrimiento extraordinario: una imponente ciudad sumergida bajo las aguas del lugar más antiguo del mundo, Cabo Ortegal. Era pronto para extraer conclusiones, pero los datos preliminares parecían indicar que se trataba de una civilización prehistórica única, sin identificar, un hallazgo sorprendente.

César Durán, director del Museo Arqueológico del Castillo de San Antón, escribía el comunicado de prensa para el día siguiente cuando, de repente, todo perdió importancia salvo el instinto. Primero fue un sonido, sin duda el de un terrible accidente de tráfico entre el Paseo del Parrote y el Muelle de las Ánimas, y en milésimas de segundo, de otros muchos, no sabría precisar cuántos, alrededor de las murallas, más allá de ellas, por todas partes.

Distinguió los primeros siniestros mientras se apresuraba a salir del edificio. Se le aceleró todavía más el pulso; columnas de humo negro comenzaban a elevarse, no solo en la ciudad, sino también al otro lado de la costa, todo a lo largo. Y las personas que veía, estaban tendidas en el suelo, tiradas, inertes.

Comprobó entonces que el tiempo es relativo, que puede pasar más rápido o más despacio según el momento. Echó a correr en dirección a los vehículos más cercanos y, sin embargo, parecía que no avanzaba, que sus pasos eran lentos y pesados, que su ayuda no llegaría o lo haría tarde...

Hubo una potente explosión, retumbó desde el túnel subterráneo del Parrote al exterior, a la que siguió el humo y las llamas. A su espalda, un fuerte zumbido metálico empezó a imponerse desde el cielo. Se estremeció. Paralizado, fue plenamente consciente de cómo sus ojos se giraban a la izquierda mucho antes de que lo hiciera su rostro. En aquellos instantes, aumentó el retardo entre lo que percibía, pensaba y sucedía, más aún cuando lo vio: un avión de pasajeros iba a estrellarse contra la Terminal de Carbón, al otro lado del canal, en la entrada al puerto. «Demasiado cerca».